2.05.2026

Los “Leprosos”: cuando el fútbol se volvió popular.



Para entender cómo surgen determinadas identidades populares tan arraigadas como es el caso del Club Atlético Newell’s Old Boys y el apodo de “leprosos”, hay que ir bien atrás en el tiempo. En la Argentina, desde mediados del siglo XIX -con el enfrentamiento entre unitarios y federales- se fue generando una grieta cultural muy marcada entre “los de arriba” y “los de abajo”. Domingo Faustino Sarmiento lo resumió con una famosa fórmula: civilización o barbarie. Desde entonces, todo lo tuviera la mínima presunción de popular fue mirado con recelo, desprecio o directamente negado e
invisibilizado. Así, a lo largo de la historia, los sectores populares fueron rotulados con apodos que buscaron humillarlos: los gauchos federales fueron “montoneros”, los radicales de Irigoyen “chusma”, los peronistas “descamisados”. Así llegamos hasta nuestros días.

Los pibes de Isaac Newell le arrebatan el fútbol a la comunidad británica.

A fines del siglo XIX, el fútbol todavía no era un deporte con todas las letras. En Rosario, como en todo el Río de la Plata, el deporte en general estaba muy vinculado a la comunidad británica, que había formado sus propios clubes, con sus normas de convivencia y sus círculos cerrados. En ese marco, el cricket era el sport por excelencia de los gentleman. El fútbol, era apenas un pasatiempo de colegiales de pantalones cortos, un juego con reminiscencias medievales.

Así las cosas, desde 1884, en el patio del Colegio Comercial Anglo Argentino, los alumnos de Isaac Newell y su esposa Anna Margarita Jochimsen jugaban a la pelota (no como una actividad deportiva, sino como una dinámica extracurricular de socialización y formación de identidad colectiva). Aunque el colegio tenía nombre inglés, el alumnado era bien diverso: una amplia mayo
ría de apellidos “tanos” y “gallegos” se entremezclaban con algún remanente de británicos, alemanes, franceses, etc. Eran hijos de inmigrantes, de clase media y media baja, que veían en la educación un camino para alcanzar el ascenso social.

Al poco tiempo, enrolados en el precursor Club Colegio Newell, esos pibes empezaron a entablar desafíos “amistosos” contra equipos de la colectividad inglesa. Y para sorpresa de muchos, les ganaban (la documentación existente certifica que los futuros “Old Boys” de Isaac Newell terminaron invictos en esa etapa). El fútbol empezó de a poco a escurrirse de las manos de la elite británica y a convertirse en algo propio de los criollos. Tanto, que cuando se armaban equipos “combinados”, los alumnos de Isaac y Anna (sin linaje británico) quedaban afuera de las convocatorias. Era una señal clara de que el fútbol empezaba a ser disputado también como batalla cultural. Pero ya era tarde: la mecha estaba encendida y no habría vuelta atrás. No faltaba mucho para que el fútbol dejara de ser un evento social para volverse definitivamente popular.


Dos culturas, dos maneras de ver el mundo.

Los clubes británicos de Rosario -como el Rosario Athletic o el Central Argentine Railway Athletic Club- eran espacios exclusivos compuestos por varones adultos, comerciantes prósperos o empleados jerárquicos del ferrocarril, con cuotas altas y reglas estrictas de admisión. 

Del otro lado estaban los jóvenes del Colegio de Newell, amparados por la mirada abierta de Isaac y Anna, más ligada al ascenso social y a la mezcla de orígenes culturales diversos. El 3 de noviembre de 1903, esos alumnos y ex-alumnos fundan oficialmente el Club Atlético Newell’s Old Boys. Ese mismo año, tras la fusión de las empresas ferroviarias Central Argentino y BA & Rosario Railway se conforma el actual “Rosario Central” (que de hecho seguirá ligado por casi un cuarto de siglo a los capitales británicos que lo apadrinaban).

Dos años después -por iniciativa del presidente rojinegro Víctor Heitz- nace la Liga Rosarina de Football y empiezan las competencias oficiales con la legendaria Copa “Nicasio Vila”. Si bien la “pica” ya venía gestándose desde aquellos señeros encuentros amistosos, en 1905 también nace oficialmente el clásico. En ese contexto de acelerada popularización, Newell’s comienza a sumar más socios que Central: en 1918 los rojinegros contabilizaban 450, contra apenas 182 de su tradicional rival. Las tribunas empiezan a ganar protagonismo y al calor del derby y del cisma social, el fútbol se vuelve definitivamente popular.


Leprosos y canallas: el nacimiento de los apodos.

Más allá de pseudorevisionismos tendenciosos que intentan edulcorar la historia con el afán de disimular la infamia, el surgimiento del apodo “leprosos” no deja ningún margen para la duda. El objetivo de los que creen que si algo no sale en las páginas de “La Capital” no existe es claro: tergiversar la historia, reescribirla, para desvincular a Newell’s de su origen popular. 

El “Alemán” Adolfo Celli, fue testigo directo y protagonista de los acontecimientos, lo que en el ámbito de la historiografía se conoce como fuente oral de primera generación. Llegó a Newell’s en 1917 y enseguida se convirtió en referente del equipo. Tras la infausta lesión que en 1924 lo alejó de las canchas, fue activo dirigente (vocal en varias comisiones directivas) vinculado estrechamente a la gestión futbolística. Más adelante, oficiará de “cazador de talentos” y formador de juveniles. Su testimonio inapelable fue recogido en la conmovedora obra de otro prócer dirigencial, Hipólito Mario Parodi (Minuto 91. Fútbol, lo que no se ve). Más de cien años después, algunos colaboracionistas -historiadores “a la violeta” presentados como “especialistas”- se suman a la estrategia de desfigurar la historia para obtener dos líneas más en los devaluados periódicos locales. La mecánica es vieja como la injusticia: quien controla el relato ejerce luego el poder en todos los ámbitos. Pero la mentira terminó.

Según relataba el “Alemán”, en aquellos años 20 un grupo de damas de caridad del Hospital Carrasco propuso organizar un clásico a beneficio de los enfermos de lepra. El club rojinegro aceptó el convite, mientras que los auriazules se negaron a participar. Enseguida, las pasiones que ya venían desatándose hicieron lo suyo: los hinchas de Newell’s le espetaron a sus rivales el mote de “canallas”. El calificativo no es casual. Fue de uso común durante décadas en los discursos político-sociales para señalar a los enemigos del pueblo. Lo usaban profusamente en sus alocuciones de trinchera desde Lisandro De La Torre, hasta Hipólito Irigoyen, Perón y Evita. 

Obviamente, la respuesta no se hizo esperar. Los simpatizantes auriazules, referenciados en aquella rancia élite de linaje británico dueña del ferrocarril, necesitaban construir una alteridad que les permitiera exhibir su estirpe. La anécdota cayó como anillo al dedo: ¡son unos leprosos!


El miedo al leproso.

Como vimos, estas categorizaciones que enfrentan al pueblo con las elites no son nuevas. En el mundo del fútbol se expresan con mucha intensidad: quemeros, sabaleros, triperos, cirujas, son motes elocuentes. Pero el apodo de Newell’s, no resulta azaroso. Carga con una connotación todavía más profunda. Había allí algo mucho más complejo que una mera cargada futbolera, incluso mucho más que un desprecio clasista. 


Durante siglos, la lepra funcionó como metáfora del mal, de la putrefacción, del pecado, de lo que había que eliminar. Al leproso se lo apartaba, se lo encerraba en los “leprosarios”, se lo borraba de la sociedad. No era sólo un enfermo: era un peligro moral. Esa idea -desde una perspectiva biologicista- quedó grabada a fuego en el lenguaje y en la cultura. Por eso, usar “leproso” como insulto, no resulta una actitud inocente o aleatoria: apunta al cuerpo, a la piel, a marcar a alguien como subalterno, pero más aún, como un otro distinto y descartable.

El fútbol es una metáfora de lo social y muchas veces, lo que nace como agresión termina transformándose en bandera. Por eso, con el tiempo, los hinchas de Newell’s hicieron propio el apodo. Lo resignificaron: ser leproso dejó de ser una marca de exclusión y pasó a representar valores como la solidaridad, el compromiso social y la pertenencia, insignias identitarias del club.


El cuerpo, la tribuna y la identidad: esta loca enfermedad, no va a terminar.

Los estudiosos de la sociología del fútbol coinciden en algo: en el mundo de la tribuna, el cuerpo ocupa un lugar esencial. Con el cuerpo se alienta y se ocupa la tribuna como un territorio. No hay concepto de “aguante” separado del cuerpo. “La Lepra es una enfermedad, que yo la llevo en la piel”, dice una canción. Ahí -en la piel- es donde se inscribe la identidad leprosa, y lo que alguna vez fue leído como una peste o un estigma, se convierte ahora en emblema: ser leproso es tener aguante. Porque el cuerpo mismo se vuelve un territorio, un espacio de disputa y de resistencia (que se embandera, que exhibe sus tatuajes, sus vahos etílicos y sus cicatrices de guerra).

En definitiva, en la dicotomía “Leprosos” y canallas” se reflejan las tensiones de una ciudad, de sus enfrentamientos de clase y de sus grietas sociales y culturales. Es el retorno del viejo paradigma “civilización y barbarie”, pero inscripto en el cuerpo y atravesado por la pelota.